20-04-21 Todas y todos somos diversos
Aprendizaje esperado: Reflexiona
acerca del respeto a la diversidad, la igualdad y la solidaridad como
condiciones básicas de la cohesión social.
Énfasis:
Reconocer que impulsar acciones en favor de la diversidad, igualdad y
solidaridad fortalece la cohesión social.
¿Qué vamos a aprender?
Reflexionarás acerca del respeto
a la diversidad y la igualdad como condiciones básicas para la cohesión social.
En el desarrollo de la sesión, profundizarás en cada uno de los valores
mencionados e identificarás la manera en que cada persona contribuye a la
cohesión social. Así, recordarás los saberes aprendidos en sesiones anteriores
y los reforzaras.
La igualdad y la diversidad en la sociedad y la cultura
La sociedad y la cultura como
lugares de la diversidad Todas las personas somos diferentes; no es posible que
existan dos personas completamente iguales. Hay diferencias que se hacen
evidentes a primera vista: en los rostros, en la voz, en la altura o en el
color del cabello. Hay otras que nos lleva un poco más de tiempo descubrir,
como, por ejemplo, los pensamientos o los gustos de cada uno. Además de esas
diferencias personales e identitarias, las personas pertenecen a sociedades y
culturas diversas. Es por ello que la sociedad y la cultura son lugares donde
la diversidad es la regla. Las relaciones sociales se deben desarrollar a
partir de la noción de la característica primaria de las personas: la
desigualdad. No en el sentido negativo de pensar una sociedad o persona que se
posiciona como superior frente a otra inferior, sino en el orden de lo que no
es igual, de lo distinto. La convivencia entre las diferentes sociedades se
desenvuelve en un marco de respeto y valoración del otro cultural, solo cuando
se reconoce que es en esa diversidad donde reside la riqueza del intercambio
humano. La diversidad es inseparable de la condición humana. No hay una
sociedad o una cultura que se pueda presentar como mejor que otra: todas son
diferentes y todas tienen sus aportes, valores y riquezas. La cultura es
el conjunto de costumbres, formas de conducta, lenguaje, religión y sistema de
creencias, por medio de los cuales una sociedad se expresa y manifiesta. Según
la Unesco, es a través de la cultura que el ser humano “se expresa, toma
conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en
cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas
significaciones, y crea obras que lo trascienden”. Las personas perciben la
realidad a través de la cultura; su propio sistema de valores es concebido
culturalmente y, a partir de ellos, toman decisiones o eligen entre opciones
varias. En resumen, las diferencias entre las personas particulares y los
grupos sociales son naturales, son parte misma de lo que nos conforma como
seres humanos. Las identidades individuales y grupales son producto de una
construcción histórica y social, determinada también por el universo cultural
de cada uno.
Las diferencias entre los grupos sociales
Desde la década de los setenta,
comenzaron a realizarse estudios sobre las diferentes sociedades y culturas que
habitan en una misma región, así surgió el término multiculturalismo. Los
primeros trabajos sobre este tema se produjeron en Canadá y Australia. El
multiculturalismo es la coexistencia de grupos culturales distintos dentro de
un mismo Estado nacional. En las sociedades multiculturales se comienzan a
visualizar, bajo el concepto de “minorías”, otros grupos sociales diferentes al
que pertenece una supuesta mayoría determinada. Luego, al extenderse este
término hacia otras situaciones, contextos y disciplinas, se continuó tratando
a todos los grupos diferentes como minorías. Veamos algunos ejemplos de
minorías. Las comunidades originarias o los inmigrantes son grupos
socioculturales englobados bajo ese rótulo de minorías. Que ambos sean llamados
minorías no significa que tienen elementos en común.
Las poblaciones autóctonas fundamentan sus
derechos en la ascendencia histórica y en la ocupación originaria de la tierra.
Las demandas sobre la posesión de la tierra son centrales y de larga data,
aunque, por supuesto, no son las únicas. En cambio, como los inmigrantes no
fueron los ocupantes originarios de las tierras antes de la formación de los
Estados nacionales, sus derechos se fundamentan en la posibilidad de expresión
y desarrollo de sus diversidades culturales, siempre en el marco de relaciones
sociales interculturales basadas en el respeto y la valoración de ese
intercambio. El proceso de globalización profundizó las migraciones y, con
ello, también los contactos multiculturales. Las personas con capacidades
diferentes son consideradas como la “minoría más grande del mundo”.
Según la Organización Mundial de la Salud
(OMS), “en todo el mundo, las personas con discapacidad siguen enfrentándose a
obstáculos en su participación en la sociedad, y a niveles inferiores de vida”.
Por ello, en 2008, los Estados miembro de Naciones Unidas, en la Convención
sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, lograron aprobar un
tratado que “convierte a las personas con discapacidad en ‘tenedores de
derechos’ y en ‘sujetos de derecho’, con la participación total en la
formulación e implementación de planes y políticas que les afecten”. Para garantizar
la equidad y el acceso igualitario a los derechos de todas las personas, es
necesario que los distintos Estados desarrollen políticas tendientes a
asegurarlos, pero también es necesaria una sociedad comprometida en el
reconocimiento de la igualdad de derechos.
El pluralismo
Cuando hablamos de pluralismo,
nos referimos a la situación en la cual en una misma región conviven
armoniosamente sociedades, grupos o comunidades etnicoculturales diferentes. La
característica principal de las sociedades pluralistas es la existencia en
ellas de la diversidad cultural, la que es valorada en sus dimensiones
culturales e identitarias, propias de ese otro cultural. Dentro del pluralismo,
la diversidad cultural se mantiene, es decir, no desaparece ni es engullida por
culturas señaladas como dominantes. En la actualidad, el pluralismo y los
avances de la globalización complejizan y ponen en tensión la definición de la
identidad nacional.
La diversidad sociocultural
En las páginas anteriores vimos que la
sociedad, la cultura y la identidad son lugares de diversidad. Es justamente
mediante esa diversidad que nos enriquecemos, porque nos contactamos con otras
culturas y otras maneras posibles de entender el mundo en el que vivimos. Por
lo tanto, en las sociedades en las que está presente la diversidad
sociocultural, ningún grupo determinado debería perder parte de su cultura o de
sus identidades en ese contacto, sino que esas diferencias deberían cobrar
valor y espacio de desarrollo.
La alteridad: el valor de descubrir a un “otro”
La palabra alteridad proviene del latín: alter
que refiere al “otro”, y dad que alude a la “cualidad”. Significa, entonces, la
condición o posibilidad de ser otro. La alteridad es un concepto que se utiliza
para señalar a un “otro”, distinto a mí, que tiene su forma particular de
comprender el mundo y, en consecuencia, de actuar en él. Es, entonces, el
proceso por el cual una persona descubre al otro cultural a partir de una
distinción entre ese “otro” (que tiene sus costumbres, sus características
particulares y tradiciones) y un “yo”. Para que haya alteridad, ese puente
relacional producido entre el “otro” y “yo”, entre un “nosotros” y un “ellos”,
se debe desarrollar en armonía y respeto. Esta división no significa ejercer
algún tipo de práctica discriminatoria negativa, sino que se refiere a valorar
y respetar las situaciones de encuentro de dos cosmovisiones o formas
diferentes de concebir la realidad. La alteridad propicia el diálogo, el
entendimiento y las relaciones pacíficas y armoniosas entre “nosotros” y los
“otros”. Si no hay alteridad, aparece la discriminación y los intentos de
dominación de aquel que se presume más fuerte o correcto. Por ejemplo, en el
proceso de conquista y colonización de América, las culturas y cosmovisiones de
las comunidades originarias eran vistas por los europeos como inferiores,
atrasadas y “no civilizadas”. Esa concepción estaba basada en la creencia de
que la cultura de “ellos”, la europea, era superior. En esa relación desigual,
no hubo voluntad de entendimiento y respeto por la forma de comprensión del
mundo que tenían los indígenas americanos, no hubo alteridad. Por lo tanto, la
cultura europea dominó a la americana e impuso por la fuerza su propia manera
de ser cultural.
La identidad en la alteridad
Las bases de la alteridad debemos
buscarlas en los procesos de socialización, en el aprendizaje primario de los
valores de la convivencia, la tolerancia y el respeto y preocupación por el
otro. Para que haya alteridad, es necesario tener en cuenta la perspectiva del
otro y ponerla en valor al mismo nivel que la propia. Si pensamos que la propia
percepción de la realidad es la única posible y correcta, no solo no
habilitamos el desarrollo de la alteridad, sino que también le estamos negando
al otro su derecho de ser particular en el mundo.
Las representaciones hegemónicas
Las representaciones hegemónicas
son aquellas formas sociales que en una sociedad determinada se establecen como
las correctas. Es decir, son las formas de ser, comportarse y expresarse que,
se supone, la sociedad espera de las personas. Esto nos muestra que, si hay una
forma de comportamiento esperada es porque, de alguna manera, se estableció qué
es lo correcto y qué no lo es. Ahora bien, ¿quién lo estableció? ¿Está escrito
en algún lado? Si alguien es señalado porque no se comporta igual que todos los
demás, ¿no lo estamos discriminando? ¿Existe algo así como un “manual de
representaciones hegemónicas” que podamos consultar para evitar señalamientos y
prejuicios sociales? Las representaciones hegemónicas se fundamentan en el
sentido común. Se transmiten casi sin darnos cuenta: están en las
conversaciones cotidianas, las vemos reflejadas en las publicidades, en las
historias de los programas de televisión y en las películas que vemos. Podrían
ser representadas bajo la frase de “todo el mundo lo sabe”. A medida que las
sociedades van cambiando y modificando su forma de ver el mundo, esas
representaciones van mutando también.
Tipos de representaciones hegemónicas
Existen distintos tipos de representaciones
hegemónicas: pueden ser de género, de nacionalidad, étnicas, religiosas, de
orientación sexual, ideológicas o generacionales, por ejemplo. Cada una
determina una forma social que se presume como correcta y señala negativamente
aquellas formas que se “salen de lo normal”. Cuando se producen estos
señalamientos discriminatorios, podemos afirmar que no hay alteridad, porque no
se respetan ni se valoran las formas de comprender el mundo de los otros. A
través de las representaciones de género, por ejemplo, se determinan cuáles son
los roles reservados para las mujeres y para los varones, y se establece que
aquellos que se salen de ese campo delimitado no están en lo correcto. Por
ejemplo, “las mujeres son las que deben limpiar”, “los varones son los que
deben trabajar para mantener a sus familias” son representaciones hegemónicas
de género que, en la actualidad, están en proceso de cambio. Las
representaciones hegemónicas de orientación sexual marcan como “correcta” la
heterosexualidad, señalando negativamente a aquellas personas de elecciones
sexuales diferentes. De esta manera, las representaciones hegemónicas delimitan
un “nosotros” (los que siguen los lineamientos sociales que esas
representaciones marcan como correctos), de un “ellos”, que serían los
“distintos”. Esa delimitación está presente también en la alteridad, pero en
términos positivos, inclusivos y valorativos del otro.
Ejemplo:
Actividad:
Por medio de la información proporcionada explica los
siguientes conceptos:
- · Multiculturalismo
- · Pluralismo
- · Alteridad
- · Representaciones hegemónicas



